jueves, 5 de marzo de 2009

Los ardorosos...

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Los amorosos/ Jaime Sabines


Los ardorosos llegan de dos en dos; con ánimo de compartir este día, de pasársela bien, de descubrir nuevas tierras del deseo. Y sí, retan a la muerte... la del cuerpo, del amor y de la rutina. Y detrás de los ojos les fermenta el deseo.

Y lucen vestimentas de lo más variadas. Unos portan trajes de deseo y otros de amor candoroso, otros de respeto y otros de lujuria contenida. Ellas sonríen tímidas y hasta voltean la vista ante los “horrores” de ver cómo unas mujeres perfectas, trepadas en una música trepidante, calientan a sus amados con movimientos de diosas.

Alguien dice por ahí, “ándale, aprovéchate ahora”. Y él se “deja querer”. Algunos vienen tan juntos que si pudiéramos verlos en posición horizontal, testificaríamos el nacimiento de un animal mitológico con dos espaldas.

Por sus expresiones y esas miradas tan candentes, los ardorosos, imaginamos, harán una pausa, antes de llegar a casa. Y allí matarán el hastío de todos los días, y compartirán sus nuevas calenturas, y por supuesto las nuevas rutas de su pasión.

Caballeros de triste figura, los más, caminan tomados de la mano, de ellas, como con temor, pues si por un instante se soltaran, temieran perderse en la selva de la cachondez. Se aprietan y se acurrucan en el pecho de su amada o en el de alguna otra, cuyos senos desnudos, los reciben gustosos.

Damiselas de sonrisas fáciles, de miradas coquetas, disfrutan con mayor pudor, pero disfrutan y eso es lo que importa.

Detienen el paso, continúan, aprietan el paso cuando llegan al área de los deseo femeninos. Jóvenes de cuerpos esculpidos, las esperan y ellos, los ardorosos aprietan los dientes, tragan saliva y aprueban con la cabeza.

Los ardorosos deambulan por la Expo Sexo y Entretenimiento, trenzan sus brazos como serpientes, mientras sienten cómo se les va la vida entre el sexo y los suspiros que aprietan en el pecho pero que si se descuidan podrían dejar salir cada que ven un cuerpo de esos por los que un caballero puede batirse en duelo.
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