lunes, 16 de abril de 2012

SOBREVIVIR A UN RAVE A LOS TREINTAS... PASADOS


Llegan todos en grupos, solos, en camión, en carros caros, carcachas, en aventón, con su kit-rave bajo el brazo: Chamarras, sudaderas, tenis, bufandas, gorras, cachuchas, casas de campaña, cobijas, sleeping bags, comida, chocolates para el frío, cintas en la cabeza, gafas de sol, luces fosforescentes en tubos y en popotes, estrellas y corazones con focos cintilantes, banderas, muñecos de hadas, elfos, alas de cartón, estolas de plumas, cigarros, alcohol, pastas, aceites, ganas de coger; pero sobre todo hartas ganas de matar lo que queda de noche.

"Han pasado casi 10 horas desde que llegamos. Mush, mi muñeco, ¡ah, no! perdón, mi elfo, qué digo elfo, mi hermano, mi alter ego me dice que ya no puede más, que descansará y se duerme. Yo no, la noche apenas empieza", dice un cuasi niño.

Una chela ayuda a deshacer el papelito de color azul en la lengua. "Vamos p’ arriba", invita, mas ya no trae con qué. Mete las manos a su pantalón y exhibe su interior: vacíos. José viene de la delegación Gustavo A. Madero, en la Ciudad de México, llegó con sus cuates desde temprano y tiene como veinte años, o menos, mucho menos.

Éste rave me ha desgastado como pocos, dice mientras sus pies parecen picados por mil agujas. El punchis punchis no termina, hace frío. Llegué en aventón a este paraje junto a la carretera en el kilómetro 17 de la libre México-Pirámides, dice un chavo que asegura llamarse Mauricio, le gusta la mota, bailar, tiene dos hermanos y una hermana. Estudia la prepa y vende paletas Tutsi pop a dos pesos para comprar su boleto a esta fiestota que inicia.

Órale Mush, ordena José a su muñeco, saluda a tus compas. ¡Quepsó k! ¿Los vendes?, pregunto, ¿ah no? ¡No mames cabrón!, responde entre molesto y asombrado por el cuestionamiento. Son míos, los traje para que se diviertan. Los señala: éste es Primavera, éste Otoño; Invierno es este greñudo y el de rojo se llama Verano. ¿Vas a entrar?, Si, ya junté un varito; adentro nos veremos de nuevo. Quizá sea porque anda medio pedo, se le nota eufórico, reparte abrazos, besos, saludos fraternos; para todos y todas hay.

Lo último de la tarde se disipa allá detrás de las montañas cercanas. El olor a pasto quemado se mezcla con el de marihuana ardiente; la humareda alcanza esta parte a las afueras del municipio de Acolman, en el Estado de México.

Es la temporada de "Rosa y quema". En muchas partes del país se usa esa técnica para aumentar la calidad del suelo. Debido a que el grosor del terreno fértil es de apenas unos 15 cms, se incendian los pastizales secos; los arbustos y el yerberío para que ese grosor se incremente; así se renuevan los terrenos y las semillas prenden mejor.

Esta noche es de baile, música computarizada, pantallas cuyas proyecciones invitan a soñar, y luces en un lugar llamado Atlatongo, no muy alejado de las pirámides teotihuacanas, pero puede ser en Hidalgo, o Cuernavaca o el Estado de México.

Reunión tribal cuyos congéneres no bailan, dicen que “brincan” y les creo. Chavitos de edades diversas, los más chicos tendrán por allí de 13 o 14 años. El que escribe ya rebasa, por mucho, la treintena. Soy un “Ñor”, y todos me hablan de usted, —ja, ¿ya era hora de que alguien me hablase con respeto no?—.

Respeto convertido en moneda de cambio. Entre otras cosas se respira esa igualdad, en el trato, la fraternidad. Nadie crea problemas. Carnaval de caras felices. La aventura llama. Y me pregunto por qué desde que llegué no he notado siquiera un gesto agrio, o un conato de rispidez. Algo raro en mi marco referencial pues desde que recuerdo he vivo la misma ecuación: alcohol+ droga + hormonas juveniles=desmadres, pero acá es otra generación y otra forma de relacionarse.



La noche muere de muerte natural

De miradas febriles y brazos alados, esta parvada de escuincles vuela a nivel del piso, al principio como flotando para después, conforme madura la noche, empezar a volar alto, alto; tanto que se desdoblan y dejan su cuerpo material.

Para hacerlo emplean métodos distintos: mota, chochos, activo, chela, cubas de ron barato, o simple adrenalina. Los bafles arrojan altos niveles sónicos, las luces del escenario acompañan imágenes que —al costado de cada uno de los dos escenarios en pantallotas— proyectan imágenes alucinantes de formas y colores indescriptibles, cerrando con ello el círculo audiovisual.

Este gremio, hermanado por la música psycho, es ordenado y precavido: En una zona del terreno acomodan sus casas de campañas. Una, dos, tres, después llegan a ser al menos 50.

La música no da respiro, los Dj’s arremeten en dos escenarios: Sol y Luna, cuya respuesta es prendidísima. La zona vi-ai-pi es la más aburrida; o casi nadie tiene el ánimo de estar aquí o de plano la comunidad más divertida prefiere el roce, el contacto entre sí, el cachondeo con el otro, restregarse unos y otros.

En el único acceso —que también es la salida— de este lugar, resguardado por bardas de al menos dos metros de alto con malla ciclónica, el equipo de seguridad despide miedo, suda y con recelo mira a esta marabunta estimulada por bits eternos.

El zaguán oxidado luce endeble. Una estructura metálica detrás permite el ingreso de la gente. Dos filas de seguridad se encargan de catear a los muchachos, algunos rebotan, literalmente, mueven las manos, los pies, para quitarse el frío o mejor aún, para dejarse abrazar por el ambiente.

La cerveza que venden a 15 pesitos, es Sol. No me gusta, muchos piensan igual, prefieren los chupilindros de a 25 varitos. Todos apelan/apelamos al principio básico del borracho: Más alcohol por menos dinero es más placer. Esos sí que están buenos; obviamente la chela es de lo que, a las tres de la mañana, seguirá intacta.

Los baños huelen a madres, además miar cuesta cinco pesos, esto es la tercera parte de una cerbatana o la quinta de un briagolindro. Naaa’, mejor atrás de la carpa, o un tráiler. Las niñas sí pagan, pero otras aprovechan matorrales para ahorrarse también esa lana, bbbrrr, ssssssss, aaahhh.

Ruedas perfectas forman unos. Allí al centro, admirados por el resto, ven/vemos el manejo exacto de los tubos fosforescentes que penden de las manos de una muchacha de no más de 22 años. Espectáculo primitivo que otro chamaco emula a su lado pero con bolas de fuego.


Los últimos estertores

No hay luna y el cielo se cierra más, la llovizna invita a uno a mojarse. Pertinaz parece infinita en un terreno que para esta hora luce enfangado en algunas partes. El aire arrecia por momentos y mece el cabello, enchina la piel, cala hasta el alma. No hace tanto frío, alguien dice por allí. No, es temprano responde otro, espérate al rato, como a las cinco de la mañana. Jejeje, para esa hora espero ya no estar aquí para averiguarlo.

Esta tierra húmeda de antiquísimos orígenes recibe gustosa el evento del año por estos lares, más bien habituados a bailes gruperos. Pintas en las casas a la vera del camino, pegas de carteles con presentaciones próximas de grupos, grupillos y grupetes así lo indican. Una camioneta último modelo con bocinas sobre el toldo, cuyo sonido es del año de la canica, anuncia a todo pulmón el baile de los... er, emm, esteee... algo del Norte.

La voz suena lejana, pastosa, arrastradas las palabras serpentean desde algún sitio de la humanidad convulsa de un escuincle hasta la madre: Teotihuacán está taaan cerca que casi lo puedo tocar. Mira si ya camino por la Avenida de los Muertos; ahora subo la pirámide de La Luna. ¿La puedes ver? La del Sol está chida. Soy la luz, inmaterial, aire, agua, soy el mundo, el cielo, la tierra; comulgo con la naturaleza porque soy parte de ella; por eso tengo mi elfo, porque él viene de ella. Él es único, irrepetible como yo; es mi amigo, mi compañero, lo llevo a todas partes: a la escuela, al parque, las fiestas y los raves; le cuento mis cosas; cuido mi entorno, no tiro basura, lo trato bien, lo quiero mucho; él me eligió a mí, no yo a él. No, no es caro, me costó como 800 pesos. Sí, claro que si no lo trato bien me hará maldades, se quebraría como hoja seca, y no, no quiero eso para él. Ah que José tan loquillo, pienso.

Los churros sin chocolate, fragantes a petate quemado se rolan en pequeños grupos. Otra gran mayoría disfruta los acordes sintéticos sin meterse nada. Cinthya, una chavita de 21 años —se ha confeccionado un par de alas y así aparenta ser un hada— es la prueba de eso. Ella está en desacuerdo con esa idea de satanizar este tipo de eventos porque sí hay drogas pero también habemos, segura, muchas y muchos que no las necesitamos para estar bien. Para mi amiga —señala a una compañera de su misma edad que baila sin parar desde que llegó— ésta es la primera vez que viene a “brincar”.

A las dos de la mañana de este domingo en pañales, un grupo de chavos que no tuvieron el dinero para comprar boleto dan portazo. Embisten el portal y logran ingresar como 30; no pasan más porque la seguridad logra contenerlos.

Los estimulantes se terminan, se renuevan, salen debajo de las piedras, la adrenalina corre por mis venas, las tuyas, las nuestras, las de todos, el corazón golpea mis sienes. Algunas casas de campaña ya tienen ocupantes bailando a su propio ritmo.

Los Dj’s continúan con su meta. El techo nocturno pierde fuerza oscura sobre nuestras cabezas. Salir de este sitio será imposible, me han dicho que el camino está bloqueado; acepto mi destino y me dejo querer, me acerco a un grupillo que circunda una fogata; hago circular mi supercuba, y siento cómo la lluvia moja mi cara, que para entonces comparte rasgos felices de pachequez profunda.

Por Miguel G. Galicia
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