viernes, 27 de julio de 2012

El secuestro en México… una historia


Miguel G. Galicia






Es mediodía y aquí parece plaza en domingo. Puestos de comida, por todas partes; “cabañas” donde nace y se hace el amor —diminutas covachas hechas con cobijas, y tienen un costo—. El estrépito de hombres sin alas rompe con el encierro de los altos muros, rematados por puas de acero. Y entre artesanías hechas con latas de refresco o cerveza, encendedores; entre boleros o gritones que buscan a garganta pelada al hombre deseado, a cambio de una moneda, este tipo de aspecto inofensivo que fuma frente a mí abre la caja de su memoria, y revela que aún le faltan unos años para salir de este colmenar carcelario ubicado en alguna parte de la ciudad.

Era chofer y participaba en secuestros express. Él manejaba los autos facilitadores de sus delitos, siempre de alquiler. “No, no lo volvería a hacer”, dice mientras da una calada larga a su cigarro. “Llevo más de 10 años y espero pagar en unos cinco u ocho más”.

Ahora su veteranía le da ciertos privilegios: no tiene que compartir su cama; él ordena, él decide; él tiene lo mejor en la celda que comparte con otros presos. Arrepentido, asegura que todo el dinero que obtuvo de sus ganancias, “me lo bebí; viajé, y viví bien, mientras se pudo”.

No sabe exactamente en cuantos secuestros participó (se guarda los detalles), “pero no ganaba mucho”. Varios miles de pesos, una o dos veces por semana, le bastaron para embriagarse de mujeres, de amigos que duraban noches de juerga. Reticente a platicar de este asunto, habla con frases cortas. Suelta de nuevo: “He aprendido mi lección y cuando salga me voy a ir por la derecha”. Dice que él sólo conducía y hacía el viaje, daban vueltas y de vez en cuando los llevaba a un sitio apartado de la ciudad o del Estado de México una vez que había que ganar tiempo para “ordeñar” las tarjetas de crédito del plagiado.

Junto a nuestra mesa, unos sujetos matan el tiempo jugando Poleana, juego de mesa con dados, cuyas fichas deben llegar a una meta.

El mundo de la noche lo jaló, cuenta. “A donde iba, tenía las mujeres que yo quería; andaba en antros; yo pagaba las pedas”. Pese a lo que uno podría imaginarse, su mirada no es la de aquellos tipos que presentan en las fotos o en las imágenes de televisión; no está hecha de hielo; mas bien su rostro, le han dicho, es el que “ha cambiado”.

Ingresó joven y ahora empieza a pintar canas. No viste mal pero ahora no puede vestir pantalones de cientos de pesos, ni lociones caras, como entonces, y de lo que bebe ahora mejor ni hablar, sus grados de alcohol se hallan en las farmacias. “Aquí te chingas cabrón, es mejor no meterte en pedos porque si lo haces y te peleas o matas o te portas mal, tu condena crece y nunca sales. Sí, pero el que quiere seguir en el desmadre esta ésta es la escuela, el que no, pues no”…

Según información del Instituto Ciudadano sobre Estudios sobre Inseguridad A.C. En su sexta encuesta nacional sobre inseguridad (2010), este hombre de mirada marina encaja en el 37% de delincuentes en secuestro que contaban entre 26 y 35 años a la hora de los hechos; edad donde se da la mayor actividad en la juventud.

El senador Silvano Aureoles Conejo, integrante de la comisión de justicia en la LXI legislatura, comenta que el dinero obtenido por ese crimen representa para el Estado “un gran problema” para el Estado porque los bienes adquiridos con esos “lamentables recursos” o “ya los vendieron, los malbarataron, los remataron, porque se convierte en un negocio fácil. Y en un mecanismo de derroche y de uso y poco productivo”.







Isabel Miranda de Wallace, presidenta de la Asociación Alto al Secuestro, suena conforme con la reciente aprobación de la Ley General para Prevenir y Sancionar los Delitos en Materia de Secuestro. Ella, quien sufrió la pérdida de su hijo Hugo Alberto Wallace y que persiguió y entregó a sus captores, habla serena.

“La procuraduría General de la República, nunca pide ni consigna al juez para pedir la reparación del daño e incautar los bienes. Nunca lo hacen, pese a que tengan dinero los secuestradores; nunca piden los informes de sus cuentas. Ha sido contados los casos en que lo han hecho, pero en términos generales, no es algo que le ponga cuidado la autoridad, ninguna procuraduría; no van por los bienes; sobre todo, casi todos los secuestradores lo que hacen es que el dinero que van recaudando, lo ponen a nombre de familiares, a nombre de la madre, sus hermanos, sus hijos; en fin tratan de ocultar que ellos tienen dinero. Luego también lo invierten en su vida cotidiana, porque les gusta mucho vivir bien”.

En la nueva ley antisecuestro se plantea, a grandes rasgos, la liberación anticipada, indultos o amnistía de los delincuentes; se endurecen las penas, hasta cadena perpetua; reparar el daño, y para ello congelar como medida precautoria, los bienes que tengan los infractores o sus familiares en línea directa.

Lo importante, reflexiona, es que esos bienes o dinero “se les congelen, porque de otra manera siguen teniendo —con lo que quitan a las familias de los secuestrados— recursos para seguirnos atacando y seguir comprando y seguir teniendo un medio de defensa mucho más eficaz porque contratan abogados privados”.

“En el caso de El Mochaorejas, expone “ahí se quedó una cantidad muy importante a disposición del juzgado. De todo lo que encontraron, dólares y centenarios, una parte de ese dinero se quedó a disposición del juzgado para ver qué se hacía con ese dinero, y no se les ha devuelto a esas familias todos los rescates que ellos pagaron. Eso mismo trasládelo a todos los secuestradores que compran casas, terrenos o hacen bares, que son muy dados a crear negocios de ese tipo de giros, de antros”.

En su caso, apunta, “a (César) Freire le encontramos dos terrenos, nunca nadie pidió que se le embargara, pese a que yo lo estuve diciendo, nunca se los embargaron; la madre tiene una muy buena casa en Iztapalapa y nunca se la embargaron”.

Martín Moreno, periodista y autor del libro “El caso Wallace”, advierte que por su experiencia sabe que los secuestradores están multiplicando sus formas de mover el dinero que obtienen de sus activades. “Los secuestradores ya están muy ligados a la industria del narco, y los narcos ya son buenos inversionistas. Escribí una columna sobre una mujer llamada Blanca Cásares Gastélum y sigue prófuga; es la jefa de operadores de dinero del Chapo Guzmán; está reportada por la DEA; ella encabeza una serie de negocios que va desde distribuidoras de autos, estéticas, gimnasios, para que caiga en cascada en dinero y se purifique.

“En el caso de Wallace, lo usan para darse buena vida; hay fotografías de los secuestradores en la playa, aunque en el caso Wallace no hubo pago de rescate”.


“Lo que hace diferente a Isabel es que ella se brincó el escritorio y agarró de los güevos al secuestrador”, sentencia.






Morir en día de muertos…

Las fechas jamás las va a olvidar: 1 de noviembre de 2006, día de muertos en que algo de él murió a golpe de secuestro, y 18 de marzo del 2007, día en que lo soltaron y que lo vio renacer.

“Cuatro meses y 18 días”. Datos, retazos de ideas, fragmentos del pasado llegan en procelosos ríos e irrumpen todo en su mente. “No se pierde la dimensión del tiempo... Todo el tiempo había un radio... Llegamos a haber 12 o 13. Entonces ellos ponían la grabadora recio, día y noche... Y ellos están a un lado jugando… era para que nosotros no pudiéramos escuchar nada… de lo que hablaban... Porque ellos hablan de pendejada y media: de trabajo… Los que nos cuidaban eran mínimo dos, y a veces hasta cuatro.

Este hombrón de metro ochenta se dobla por el vendaval de sus recuerdos, pero no se rompe, o casi. “De repente había quien se ponía a platicar pendejadas, te preguntaban de dónde eras, cómo llegaste a Tijuana. Me decían tú no eres de México, ¿verdad?, yo les decía, no yo soy de México…

La experiencia que vivió este hombre de edad madura, le horadó tanto el espíritu que detonó la tristeza eterna en sus ojos pequeños. “Ellos se dirigían entre sí por puro número. El 4, El 8, El 12, El Jefe. Nosotros teníamos un apodo yo era “El Garfiu”, otro era “El viejo”, “El Tío”, “El Molas”, a ese como le habían tumbado los dientes con unas patadas se había quedado chimuelo, otro era “El Zanorio.

“Cuando me agarraron a mí, estaba en una estética”. Esa mañana se le atragantaron huevos con chorizo y los frijoles con chicharrón que había desayunado. Entró una clienta y dijo: ‘afuera hay varias camionetas con hombres armados’”. Él nunca sospechó nada, imaginó que habría un “retén o algo”; cualquier duda al respecto no es válida porque en Tijuana los retenes son el pan nuestro de cada día.

Al salir, “El Garfiu”, ignoraba que sin quererlo había comprado boleto sencillo al infierno. “Me subieron a una camioneta Explorer blanca. Iba a yo a subir a mi jeep y de volada me jalaron”. Todo es vertiginoso en su hablar, la tensión en su voz se eleva. “Armas largas, me pusieron una funda de almohada en la cabeza, y me pusieron en el piso. No alcancé a verle la cara a nadie; eran como 10, andaban en cuatro carros”.

La mujer de la estética, al ver el secuestro, les gritó ¿pero porqué hacen esto? Después lo sabría. Ella le contó esa parte. “Para que sepan con quien se meten, ¡hijos de su pinche madre!”, le gritaron.

En el piso, sustrajeron su cartera, le pusieron unas esposas y empezó el maltrato, un pie en la cabeza. “Iban hablando por radio, en puras claves”. Después de unos 10 o 15 minutos, donde el último tramo lo hicieron por terracería, llegaron a una casa de seguridad.

El sol en Tijuana ya es tirano como a las 11:00 de la mañana. “Me bajaron, sólo podía ver borroso, pero aunque la capucha era delgada, nunca pude ver más allá de rasgos de luz”.

Inició el interrogatorio. Le preguntaron a qué dedicaba, sobre sus propiedades. “Oye, yo no sé porqué me tienes aquí”, dijo. La respuesta fue: “Ya te cayó la voladora. Y no me hables de tú, hábleme de usted, y pum, me dieron unos putazos. Y me dijo también, cuando hables con alguien de aquí, dirígete a él como Señor. Está bien señor, le dije. Ora sí que bailé al son de unos madrazos”.

Uno le dijo, que no se preocupara, que eso se trataba “de una lana, y si tu familia coopera, tú vas a salir bien”. Golpes, y más golpes, recuerda este hombre de 120 kilos, Y empezó la tortura, y otro bailecito de madrazos, “qué tienes, qué más… no, tú tienes otras cosas cabrón”, patadas, pisotones. “Eso fue todo el día, yo calculo unas 8 horas que me tuvieron así. Y me decían: ‘orita vamos a hacer que recuerdes todo. Y ya me pudieron en el piso, tendido boca arriba y un cabrón me puso sus rodillas en mis rodillas, y otro en mi frente y me empezaron a echar agua en la narices; me pusieron una franela y luego me empezaron a echar agua; sientes que te ahogas, y de repente vi negro y me desvanecí”.

Pero ese descanso duró poco, el salto de uno de sus captores en el estomago lo despertó.”¿Ora sí ya te acordaste qué tienes?”, le gritaron, “es que lo que les dije es lo único que tengo”, respondió…. No sabe si frotar las manos, mira para todos lados, aguanta la respiración… calla…

“‘Orita va a ver hijo de tu pinche madre, te vamos a da toques en los güevos, para que te acuerdes bien’. Es que no tengo más de lo que les estoy diciendo…”

“El Garfiu” saca muchas conclusiones ahora que recuerda con mayor nitidez esos momentos. “Tú los tienes que convencer”, se repetía como oración. Me dejaban descansar media hora, una hora y seguían torturándome”.

Otra conclusión es que lo “pusieron”. En ese entonces tenía un jeep, una camioneta muy buena, una moto BMW; un billar, unas calafias, (que son peseras famosas en Tijuana). Y en la estética una clienta —que preguntaba mucho, sospecha él—, fue quien le tendió la trampa.

Lo subieron a otra camioneta y lo llevaron a otra casa. Allá, un chavo le dio las nuevas/mismas instrucciones, no podía hablar con nadie, tenía que guardar silencio en todo momento, si quería algo tenía que levantar la mano, por si quería agua, para ir al baño, no se tenía que tocar la venda, “porque eso te cuesta la pinche vida cabrón, así que si tú quieres vivir, tienes que seguir las reglas aquí adentro y allá afuera tu familia tiene que cooperar, porque aquí se trata nada más de una pinche lana.

“¿Qué pensaba?, no pues yo decía aquí ya me cargó la chingada. Pedía perdón a Dios, a toda la gente, a mi familia… por todo lo malo que… pues por todo lo malo que yo había hecho… a Dios le pedía perdón…” Sus palabras se vuelven de papel y parece que él se despeña en un acantilado hasta que no se oye más un sonido, y uno guarda silencio ante este hombrón corpulento, bragado… “Y ya como sea pasé esa noche y me dormí, si se le puede decir dormir, ¿verdad?”

Ahí conoció a dos personas que estaban ahí, antes que él, un maestro —“porque así le decían”— y un chavo —“tenía voz de joven”—. El dolor le impedía pensar, moverse, se quejaba, le preguntaron que qué tenía, el dolor, les dijo, es el dolor. Le ofrecieron una pastilla para mitigarlo, y le dieron una botella de agua de litro y medio, acompañada de otra indicación y advertencia. “Póntela entre las piernas, no se te vaya a caer y la vayas a perder, porque no habrá otra. Esa botella es tuya, esa es tu agua. “Qué pinche hambre te da, ni sed, todo me dolía. Eso fue un primero de noviembre y el 13 me levantaron a un segundo piso; ahí me pusieron una putiza, y me dijeron que les dijera el nombre de la línea de camiones y del hotel que tenían en México”… Lo confundían.

Todo el tiempo lo contó en su mente. El radio le ayudó a comprender el tiempo. “Me preguntaban todo el tiempo, el nombre de mis hijos, qué carro usaban, sus direcciones…” Por primera vez interrumpo, Qué decisión tan difícil... “Pero qué haces cabrón, si además en mi teléfono estaban los datos. Me preguntaban esta persona quién es, y esta otra, les tienes que decir todo.

Bajó de peso. “Nos daban sopa en la mañana, como a las 09:00 de la mañana, un tazoncito de sopa y otro en la noche, con dos tortillas. Si queríamos hacer de miar, te daban un galón, de cuatro litros, y ahí te miabas. Si querías cagar te llevaban a un baño, nunca te quitaban las vendas, sólo las cadenas, porque te tienen amarrado junto con el otro y el otro. No te puedes zafar, por lo tanto no te puedes limpiar, es una peste de la chingada. Nos daban sopa con frijoles o una u otra, raro pero de pronto nos daban una (sopa) Maruchan. Allá cada dos o tres semanas, eso era de lujo”.
El güero Tacos…

“Había un güey, también secuestrado, que reconoció al jefe de esa casa, le decían “El Güero Tacos”; ese güey, que estaba sentado a mi lado pidió a los que nos cuidaban que si podía hablar con El Güero”. Ese hecho le ayudaría a él después, pues supo a quién debería dirigirse para negociar su liberación… aunque por la fiereza del secuestrador sabía que no sería algo fácil.

“Es que yo lo conozco señor, y quiero saber si puede hacerme un paro. A chingá y cómo me conoces, pues es que juntos hicimos un negocito de mota allá en Rosarito. Y qué carro traía yo, pues un pick up blanco con placas nacionales. Y cómo soy yo, le digo aquí delante de todos. Sí, dímelo, a mí me vale madres, tú dime cómo soy; porque si ustedes creen que van a salir vivos de aquí, están bien pendejos, aquí todos se van a morir, así que dime. Pues es usted, alto güero delgado y le dicen “El Güero Tacos”. Silencio… ahí se acabó la plática, se dio la vuelta y se fue. El Viejón, como le decían a ese plagiado también calló.

El jefe iba diario, en las mañanas; les llevaba comida a todos los cuidadores. No sabía si llegaban gente nueva o no, pero se sabía cuando alguno se iba. “En el tiempo que yo estuve, han de haber secuestrado unas 40 personas”.

Por “El Garfiu” pedían cinco millones de dólares. Le advirtieron a su mujer que aun cuando no los tuviera, que vendiera todo lo que ellos ya sabían que tenían. Le hablaban al mes. “Le decían cuanto tienes, no pues que sólo un millón de pesos, uta, pues estás bien pendeja, tú quieres muerto a tu esposo. Ahí te hablo después, vende tu casa, o a ver qué más”.

Ya para ese momento en casa de su familia, habían llegado agentes de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (Siedo). Ellos, asesoraban a la esposa de “El Garfiu”, le decían que les hablara a los secuestradores con fuerza, que los tuteara. “Las negociaciones se realizaban en otro lado, no donde me tenían”, deduce el hombre, “porque luego hablaban por teléfono de otros lados y preguntaban hay aquí alguien llamado fulano de tal… no aquí no está”. Bien organizados…

¿Quién los tendría, los Zetas?, pregunto, mientras que mi interlocutor toma aire y suelta. No a nosotros nos tenía “El Tres Letras”, o sea “El Teo”, el mentado Teodoro García Cimental. “Y yo casi estoy seguro… ¿Te acuerdas que una vez hubo una balacera entre autoridades y secuestradores en una casa de seguridad que llamaron La Cúpula? Pues casi estoy seguro que a mí me soltaron de esa casa; no en ese momento porque cuando te platico, los secuestradores, mataron a todos los secuestrados. No le tocaba…






110 días después…


“En el momento en que me soltaron y a donde me soltaron, calculé el tiempo. De dónde me tenían a donde me tiraron, pasaron 10 minutos… y era por esa zona. Y la gente que estaba ahí, era la gente del “Teo”. Para que me soltaran a mí, mi mujer juntó 250 mil dólares.

Pero antes de entregar el dinero y en la última negociación, la esposa de este hombre pidió la prueba de vida. Si no me das una prueba de que él está vivo, no te doy ni madres. ¿Cómo sé si no lo has matado?, después de pensarlo, el secuestrador le dijo, pregúntame algo que sólo él y tú sepan, yo le pregunto y te doy la respuesta. “Y ese día como a las 11:00 de la noche, me despertaron de una patada y una pregunta: ¿Cómo le decías a tu hija ´cuando era chiquita?, respondí fulanita de tal, y nada más escuché que hablaron por radio el apodo… ya fue todo”.

Cuando sabe que su esposa hace una oferta por esa cantidad, El Garfiu decide en ese momento jugarse la vida. “Yo pedí hablarle y le ofrecí 50 mil dólares que sólo yo podía sacar del banco. El rescate ya había sido pagado el último día de febrero de ese año y a mí soltaron hasta el 18 de marzo.

“El rescate fue entregado en un puente que le llaman Puente Venton. Uno de sus familiares llevó el dinero, y los hampones lo traían de un lado para otro. Vete para allá, ahora para acá. Todo eso fue a como a las 02:00 de la mañana, después le decían párate, prende un cigarro, ahora ahí, ahí, deja la bolsa en el piso y vete en chinga, y ya”.

Los agentes de la Siedo se ofrecieron a llevar el dinero, y también a capturarlos, pero la familia se opuso porque, pensaron con mucha lógica, capturan a unos pero y nuestro familiar; así que también se la jugaron. El último mensaje de parte de los mafiosos fue: ‘Yastá, mañana recibes a tu familiar’… pero pasó un día, y luego dos, y tres y muchos más, hasta que en el calendario llegó el día de la expropiación petrolera, y para él el día de nacer de nuevo.

“A mí ya me daban por muerto, pero un día antes de que me soltaran jugué mi última carta. Me había enfermado de una diarrea fuertísima. Y en una de esas, cuando fui al baño, por ahí estaba el jefe y le dije: oiga señor, quiero hablar con usted, yo me siento muy mal y pues yo tengo 50 mil dólares en el banco que puedo darle luego luego. No pues no depende de mí, me dijo, yo tengo que entrarle con otras personas”.

“Entonces como ya había recibido la lana, y yo le había prometido 50 mil dólares, me dijo, pues déjame ver a ver qué podemos hacer. Pero me los tienes que dar luego luego. Nomás deme 24 horas, saco el dinero del banco y se los doy. Y un día antes, el 17 en la noche, estaba acostado y me dice el güey, te voy a soltar cabrón, pero ¿estás en lo dicho con los 50 mil dólares? Le digo sí. Te voy a soltar, respondió. Si no me los das en 24 horas, sé dónde viven tus hijos y tu familia cabrón. No, sí, señor, se los doy. Dice levántate, me quitaron las cadenas de las patas, me llevó arrastrándome a un lavabo, me dio un rastrillo y me dijo, aquí está un rastrillo, rasúrate. Como pude me rasuré. Yo sentía que ya me iba. Dije a toda madre, me lavé la cara. Siéntate ahí. Y ese día sacaron a otro, el que estuvo junto a mí, El Zanorio, con mañas y todo intercambiamos teléfonos”.

En tiempos de frío, los tapaban con una cobija, para evitar que se enfermaran. Debajo con golpes en el suelo ambos secuestrados anotaban en su mente cada número., toc, toc, toc, toc… A él lo soltaron como a las 12:00 de la noche, y él avisó en mi casa como a las cuatro de la mañana. Les dijo, saben qué, yo estuve con su familiar y a lo mejor ya lo soltaron o lo van a soltar mañana. Fue todo lo que dijo y se fue. Después se quedarían de ver, el Zanorio huyó de Tjuana, pero “El Garfiu” se quedó “porque ahí está mi vida. Me ha dado mucho miedo estar ahí pero ni modo”.

“Supuestamente a mí me iban a soltar junto con él, pero prefirieron hacerlo al día siguiente. Acuéstate tranquilo y ya mañana te suelto, fue la orden. No, pues fue la noche más larga de mi vida. Estar pensando y si me sacan y me ten un tiro. No, nunca escuché balazos, pero sí unas putizas. Y luego de repente a un güey como que sí lo mataron… como que dieron la orden. No sólo a uno, sino como a tres o cuatro. Escuché al jefe una vez: Este güey ya se va, ya sabes pa’donde, sácalo y después como para amedrentarnos, nos decían, sabes qué, ese güey ya chingó a su madre, se llamaba, y ustedes cabrones si no hacen lo que se les dice o sus familias tampoco, ustedes chingaron a su madre”.

“Ya la tercera vez que me dieron la última putiza fue el 28 de diciembre, fue ‘El Güero Tacos’ y otro. Y yo les decía sabe qué, mejor métame un pinche tiro, pa’qué está batallando conmigo señor… no. No, tú te vas a morir cuando yo diga, no cuando tú me digas, hijo de tu pinche madre. Nomás deja que me dé dinero tu familia y voy a tirar tu cabeza allá afuera de tu casa.

“Y al otro día nos dieron de comer, y en eso estaba cuando me levantaron a patadas, levántate rápido cabrón, quítate las cadenas y me sacaron de ahí, me llevaron a otro cuarto. Me dijeron estamos en lo dicho. Ya me dieron un pantalón nuevo y una camisa de mezclilla a cuadros y unos zapatos grandes y un mecate para amarrarme el pantalón, porque el cinturón me quedaba grande.

Y ya me regresaron mis papeles que traía en la cartera, mi credencial de elector. Me dijeron vas a hacer lo que te digamos, con las esposas, y cuando te bajemos del carro ahí donde te dejemos, te vas a quedar 5 o 10 minutos y ya te vas a poder quitar la venda de los ojo, y ya te vas a poder ira a tu casa. Yo calculé unos 10 minutos. Y de repente me quitaron las esposas, abrieron la puerta y me aventaron. Lo primero que hice fue buscar un carro, sentí una llanta y me senté en una banqueta.

“Me quité la venda de los ojos, pero la pinche luz, me cegaba, has de cuenta como si te pusieran una lámpara, veía todo brilloso, no mames güey. Lagañas, papel, sentía re gacho y ya pasó una hora; me aliviané tantito, voltee pal suelo. La gente me veía; me ambienté a la luz y ya me quise para y no pude. Sentía como me colgaba el pellejo. Bajé como 33 kilos. Yo pesaba como 128 kilos cuando me secuestraron y terminé pesando como 95 kilos”.

Lo primero que hizo fue levantarse a ver si pasaba un carro. Se subió a un taxi y le dijo llévame para tal lado y éste le preguntó que qué le había pasado y respondió que se había ido de juerga. Le pidió que se detuviera donde hubiera un teléfono público para hablar a su casa.

En un OXO compró una tarjeta, con dinero que le prestó el taxista. Llamó llorando como un niño, avisó voy pa’llá, “estaba por el oriente de la ciudad”. Y llegó a casa. Los agentes de la Siedo estaban ahí pero no quiso hablar con nadie...


El último trato…

“Yo tenía el dinero en un fondo de inversión”. Hizo algunas llamadas y el dinero que debía entregar en menos de 24 horas le fue depositado en su cuenta. Lo puso en una caja de un celular. “Ese güey me había dado un teléfono y me dijo, no lo apagues, yo te voy a hablar. Y sí me habló como a las cinco horas de que me soltaron. No, nomás estoy checando que lo tengas prendido, yastás haciendo eso, sí, en la noche le resuelvo. Te llamo más tarde.

No podía pararme. Me bañé, con mucho dolor. Me rasuré bien, y ya bajé y me dieron caldo de pollo, estaban todos mis familiares. Tenía el dinero, y este güey me habló como a las 6. Me dijo, vente pal boulevar tal. Le dije oiga no puedo manejar, tengo que ir con alguien. Me hicieron la misma mamada: vente para acá, vete para allá, y en la esquina de un billar a donde yo iba diario me citaron en la Farmacia, tómate un café., ahí quédate, ahora vete caminando hasta el centro comercial, ahí te vas a quedar en esa calle, como que iba detrás de mí. En la esquina das vuelta y enseguida vas a ver un muchacho con cachucha, y nomás le entregas el paquete y te regresas. Ya era de noche, era un tipo más alto que yo. Estiró las manos y ya le di el paquete., se da la vuelta el güey, no me dijo nada y se fue aprisa. Al teléfono el otro cabrón me dijo Ora espérate 10 minutos, orita te vuelvo a marcar. Pasaron como 15 minutos.

Sonó el teléfono, está completo, le preguntaron, sí señor, completo, yo tengo palabra. Yo también tengo palabra, nadie te va a molestar ya más…”

Poca luz al final del túnel…

Según el diputado Agustín Guerrero del PRD, en la LXI Legislatura de la Cámara de Diputados, “los secuestradores tendrían que regresar ese dinero —que obtienen por el rescate—; más allá de la sanción de la cárcel; tendrían que garantizar el regreso del recurso, y evidentemente ahí tenemos un hoyo negro, porque aunque trabajaran en la cárcel el resto de su vida, pues difícilmente podrían devolverlo”.

Uno de los logros de la nueva Ley antisecuestro, es, desde su perspectiva que “si es dinero líquido se devuelva, pero si es en especie, invertido en casa, vehículos, se podrá recuperar, subastarlo y entregar el recurso a los familiares.

“El Garfiu”•va más allá del dinero:” Esto no se va a acabar, matan uno y salen tres, y más sanguinarios, porque todos quieren el puesto de jefes, y mientras más mendigo seas y más sangre fría tengas pues más subes”…

Isabel Miranda está cierta de que la ley antisecuestro promovida por ella es un paso importante, pero falta más; y también sabe que esfuerzos como el suyo y el de su asociación Alto al secuestro, así como de otras, ayudan a recabar información que ayude a entender, prevenir y golpear al secuestro en nuestro país; sobre todo en la información estadística pues, comparte, “llevo muchas estadísticas, de las pocas que se pueden tener porque en México es muy difícil poder obtener cifras reales, porque todo el mundo las maquilla”.

La tarde cae sin remedio y las sombras empiezan a bailar. El ruidero cesa de poco. Aquí la tristeza se siente; sí, se siente como algo pesado en el pecho. El hombre de mirada marina me acompaña a la entrada no sin antes advertirme que me cuide. “En estos días la cosa está más cabrona. Todo mundo anda bien loco; ahora los cabrones son más violentos, aquí llegan cada vez más chavos, pero por eso salen más chavos”. Claro, entiendo, y tienen más tiempo para delinquir…

Nota: Este reportaje fue publicado en la revista M Semanal con fecha de 27/3/2011, acá la liga respectiva, http://www.msemanal.com/node/3844, pero cabe aclarar que en la revista fue editado; muestro la versión original, completa.
Las fotografías son de la edición, en internet, del mismo.
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