viernes, 14 de junio de 2013

Plaza de Santo Domingo El paraíso falsificado

Por Miguel G. Galicia

El calor obliga a los paseantes a buscar el refugio de la sombra en calles del Centro Histórico de la Ciudad de México. Los ríos de transeúntes fluyen con la velocidad de los segunderos. Yo, inmerso en este horno de asfalto y piedra, bullo igual que los 5 millones de personas que a diario pasean por la Delegación Cuauhtemoc.
Sobre las aceras de la calle Brasil, Cuba, Tacuba, Justo Sierra, Donceles, se ubican Enganchadores que trabajan para impresores que producen documentos oficiales apócrifos en la Plaza de Santo Domingo.
Jóvenes y adultos, de ambos sexos, cada tres metros, esperan y ofertan, regatean, se buscan las miradas, buscan al mejor postor; no hay quien no conozca su discurso. Todos afuera de los locales establecidos que venden productos a los potenciales compradores: artículos nacionales e importados, baratijas, ropa, comida, joyas, telas y sueños a meses sin intereses.
El movimiento en los portales de la Plaza de Santo Domingo, no cesa, aunque de lunes a viernes inicia desde temprana hora, hasta pasadas las 18:00 horas, las transacciones de ese tipo de negocios, evidentemente disminuye de manera considerable los fines de semana.
Es lunes, y la gente llega por todas partes. El hormiguero vive su hora pico. Hago un alto. Miro mi reflejo en el cristal de un aparador. Un hombre de al menos 60 años ofrece con aire misterioso: “Qué buscas. Recibos, facturas, lo que quieras”. “¿Tienes títulos?” —pregunto y mido su reacción. Él me echa un vistazo. Acepta y me da una tarjeta. Dice que sí tiene; tras comprobar si vengo solo, advierte que también tiene cédulas, que si es para trabajar o para seguir estudiando. Me conduce a la entrada de una vecindad. Veo a unos 15 tipos, entre 17 y 40 años; la desconfianza hacia mí se nota en sus miradas.
Fumo. Uno de ellos, con cara de pocos amigos me pide le dé fuego. Me pregunta sin interrogación que si ya me atienden, asiento, se aleja. A unos pasos unos policías comen tacos. Las patrullas de la Secretaría de Seguridad Pública, con placas 7712 y 7710 tienen encendidas sus torretas, se detienen un momento pero siguen su marcha.
El sol se encuentra en el cenit. Los olores estancados del drenaje se mezclan con los de la carne y las tortillas calientes. El enganchador vuelve y pregunta de nuevo de qué tipo quiero mi título. De Licenciado, reitero, “Pero tiene que ser de buena calidad”, y pido ver la cédula, pues es para un trabajo que certificará los documentos fuera del país, por eso deseo que todo esté perfecto. “Todo está garantizado”, expresa, y con seguridad remata ya francamente impaciente: “Si no pues no se lo estaría ofreciendo”.
Una mujer, que al parecer trabaja con él, se acerca y me revisa con sus ojos amarillentos. Hosca interroga si en verdad quiero los papeles. “Sí, claro, ¿pero cuánto?”. “$3,500 pesos, pero la cédula está bien hechecita, trae todos los sellos de tinta negra, el mapa, el GP”.
Insisto en verla. “Mire joven, déjeme ver si la puedo traer, pero dígame si de veras la va a querer para conseguirle una y que la vea”. Comento que si no la quisiera no estaría preguntando por ella. El hombre, rechoncho, con suéter raído, y calvo, le pide a otro, que ya escucha, que vaya por la cédula.
Un joven de entre 18 y 20 años, que ya ha adquirido un título de licenciatura antes de que yo llegara, espera junto a nosotros. Dentro de esta vecindad, donde la humedad aposentó sus reales desde hace centurias, me muestra su documento, a petición del hombre. “Para que veas la calidad de lo que te estoy vendiendo”.
El papel luce bien, los datos, la textura, la tipografía, las firmas, todo parece estar en orden; sin embargo acoto que le falta un sello. “No, no creo, ya está listo”, dice el viejo, quien para ese momento me mira ya con sumo recelo. Insisto, él accede a ponerle el cuño.
Por unos minutos, el flamante comprador y yo, nos quedamos solos. Entonces me cuenta que él lleva algunos años dedicándose a vender ese tipo de papeles apócrifos, entre sus amigos, familiares y conocidos. El diploma lo ha adquirido en $2,200 y él lo venderá hasta en $3000 pesos.
“No me dedico a esto, pero luego mis parientes o amigos me piden que les haga el favor de traerles algún papel, y pues como les da miedo venir a Santo Domingo, yo hago la tranza y me gano una lana”. A la semana, señala, puede llegar a vender unos tres o cuatro documentos falsos, cuando le va bien, cuando no, “apenas uno cada quince días. Muchos ya me conocen, y saben que lo que les llevo sí es bueno”.
Me quejo un poco sobre lo que a mí me costaría si acepto el trato con esos enganchadores, pero dice escuetamente, con la indiferencia del comerciante: “ni modo compa, recuerda, dependiendo del sapo es la pedrada”.
Una vez más están frente a nosotros los marchantes. “Mire joven, dígame si quiere o no la cédula, porque sólo así —con dinero de por medio— podría enseñársela. No, no basta con que me lo asegure; mire, déme el dinero y se la traigo, pero ya le digo que se la garantizo… No, si usted se arriesga, imagínese nosotros. No se crea, si nos llega la policía judicial y nos agarra con las cédulas, no nos la acabamos. Y no vale la pena ir a la cárcel por 20 años sólo por lo que usted nos pueda pagar, por eso debemos estar seguros de que la va a comprar”.
Antes de marcharme pretextando no haber visto el documento solicitado, pregunto si pueden conseguir cualquier papel. “No, no todo”, reponden.
Quizás no todo, no obstante, uno puede hacerse de un Certificado de bachillerato por $700 pesos; una Cartilla del Servicio Militar, liberada, con la misma cantidad; facturas, notas de remisión, boletos de taxi, por $15 o $40 pesos.
Llama la atención que los certificados se dividen en dos categorías: para trabajar y para seguir estudiando, en cuyo caso el precio se incrementa de manera importante, hasta alcanzar los $20,000 o $25,000 pesos.
De acuerdo con una fuente que solicitó no mencionar su nombre, la cantidad se incrementa debido a que existen certificados reales, que podrían ser emitidos desde la propia Secretaría de Educación Pública, y tener con ello la validez que el papel y sellos correspondientes le conferirían.
Un muchacho que prefiere mantenerse en el anonimato comparte su experiencia: “Cuando yo estaba más chavo, me conecté con un cuate de Santo Domingo y le compraba las pequeñas placas metálicas con las que se identifican los autos. Nunca tuve contacto con el que las hacía, sólo le llevaba el dinero (no revela cuanto), que a mí otra persona me daba para realizar la compra, y ya se las traía. Yo no sabía para qué las usaban, hasta que me cayeron a mí en la maroma. Esas plaquitas eran utilizadas para sobreponerlas en los automóviles robados. Por ejemplo al coche robado se le desmantela, pero para volverlo a armar con piezas de otros vehículos del mismo modelo, deben hacerlo pasar por otro, así que esas placas, permiten cambiar la identidad de los carros”.
Asegura que no ganaba mucho dinero, pero “un día yo andaba cotorreando en un carro, me detuvieron en un operativo y los dejé revisarlo, confiado en que no habría problema, nunca me habría imaginado que los carros tienen otra placa debajo de la llanta de refacción. Me cayeron, y tuve que pagar un dinero para que me soltaran, de lo contrario hubiera tenido que chingarme en la cárcel”. Aprendió la lección y dejó esa actividad.
De acuerdo con José Luís Rodríguez García, Fiscal Desconcentrado de investigación en Cuauhtemoc —delegación donde se ubica la Plaza de Santo Domingo— este tipo de actividad, si bien es delictiva, sólo se persigue si existe un denunciante. “Para obtener una declaración, o tener datos para hacer una investigación una persona debe denunciar”.
Entrevistado en su oficina, el abogado señala que “la ley establece que la penalidad para ese delito no es grave, pues en su artículo 339, capítulo IV, Falsificación, alteración y uso indebido de documentos, dice: ‘Al que para obtener un beneficio, causar daño, falsifique o altere un documento público o privado, se le impondrá de 3 a 6 años de prisión, y de 100 a 1000 días multa, tratándose de documentos públicos, y de 50 a 500 días multa, tratándose de documentos privados’. Si lo sumamos, dan 9, la media aritmética da 4.5 años, menos de los 5 años que la ley exige para ser considerado delito grave”.
Empero, “si vemos que es delincuencia organizada, la ley dice: ‘Se impondrá de 4 a 10 años de prisión, y de 200 hasta 1000 días de multa, sin perjuicio de las penas que correspondan por otros delitos a quien integre una organización de hecho de tres o más personas para cometer en forma permanente o reiterada, algunos de los delitos”.
En ese sentido, agrega que “por eso (el aumento en la penalidad) ese delito bajó, porque no lo hacen solos (y saben que se arriesgan a ser enjuiciados como delincuencia organizada). Tenemos al enganchador, al impresor, y al que consigue el papel; así se cumple el requisito de ley para considerar que es delincuencia organizada, que sean tres o más. Si tú llegas a un taller, encuentras a unas cinco personas”, dijo.
Los números oficiales presentados por la Fiscalía Desconcentrada de investigación en Cuauhtemoc, arrojan que este delito ha ido a la baja: En 2008 se iniciaron 11 averiguaciones previas; en 2009 se iniciaron 35; al año siguiente 35; en 2011 ninguna, y el año pasado, es decir, 2012, tampoco se iniciaron, destacando que se recibieron 11 por incompetencia de la PGR.
“Esto quiere decir que obviamente en años anteriores, hubo un trabajo de la autoridad que se metió a revisar la plaza, a hacer operativos, hubo cateos, y fue disminuyendo ese delito. No quiere decir que no se siga dando.
“Se hace trabajo de inteligencia, y por la misma presencia de la policía de investigación en los alrededores, es que ha disminuido este delito en ese lugar, aunque se da el caso de que los mismos delincuentes ya conocen a los elementos del perímetro”, arguyó José Luís Rodríguez.




De los icónicos escribamos a los documentos hechizos

Ya desde el siglo XIX, en los portales de la Plaza Mayor, y luego en la Plaza de Santo Domingo, había escribanos que se dedicaban a ofrecer sus servicios, por una módica cantidad. Redactaban lo que la gente deseaba y que no podía, porque en esa época, el analfabetismo de nuestro país era enorme. La imagen de esos llamados “evangelistas”, ha permanecido en el tiempo como un icono de tiempos idos: el hombre con su silla, frente a una mesa, su pluma de ganso en su tintero, escribiendo las cartas de la gente.
Según la cronista e investigadora Ángeles González Gamio, “gran parte del siglo XX, ese oficio fungió un papel social importante, de comunicación; llama la atención y resulta chistoso cómo es que los escribanos ya tenían sus machotes para las cartas, y una vez que le preguntaban a sus clientes qué mensaje deseaban enviar, aquellos escribían la carta a su real y buen entender, poniendo palabras a los personajes que seguramente nunca hubieran usado ellos, como: Muy dulce amada mía, Lleno de nostalgia, igual contratos de todo tipo”.
Tras haber trabajado en la Dirección General de Profesiones —institución que depende de la Secretaría de Educación Pública, que registra y emite, entre otros documentos, las cédulas profesionales de Licenciatura, Técnico Superior Universitario, Técnico, en México—, la maestra Ángeles González, reflexiona respecto de las posibles fechas en que Santo Domingo comenzó a cambiar su giro.
“Esta actividad empezó, a partir de hace al menos 25 años, y en esa época no se veía esto (la impresión de documentos falsificados). Y al poco tiempo una amiga mía me dijo que ya era una alarma, porque llegaban con título profesional y cédulas apócrifos, y que se había enterado que se estaban haciendo en Santo Domingo.
“Cuando empezó la modernización se empezó a usar la máquina de escribir, y así sucesivamente. Posteriormente se empezaron a usar pequeñas imprentas, para elaborar invitaciones, bolos de bautizo, tarjetas, y a medida que la tecnología se desarrolló, empezaron a usar computadoras, lo cual también originó ese giro de reproducir documentos apócrifos, que ha distorsionado la imagen de estos personajes, que durante generaciones resolvieron los problemas de comunicación”.
Sin embargo, desde el punto de vista de González Gamio, aún permanecen en esa plaza —la segunda más importante en la ciudad de México, luego del Zócalo capitalino—, muchos impresores que siguen ofreciendo a muy bajo precio y con mucha rapidez, trabajos de imprenta legales.


El delincuente y los huecos en la ley

En opinión de José Luís Rodríguez García, muchos de los que se dedican a vender documentos apócrifos son “individuos que cuentan con un mínimo de instrucción básica, pero con conocimientos de computación, artes gráficas, diseño, impresión, grabado, serigrafía. Este tipo de delincuente va a la vanguardia de la tecnología.
“Muchas veces por la necesidad, también, creo yo, laboralmente, que nos exigen ya cierto tipo de estudios, la gente tiene que recurrir (a buscar esa opción), y de esta necesidad, se valen los falsificadores, para hacerle creer a la gente que (el documento) va a pasar por auténtico, cuando la realidad, es que ahora los documentos auténticos tienen muchas pruebas de seguridad”.
La información que tiene la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), de la cual depende la Fiscalía Desconcentrada en Cuauhtemoc, en relación a los documentos que más se falsifican son: certificados, credenciales para votar. “Pero ya en esta últimas averiguaciones previas que hemos revisado, en los últimos años, al menos no en ese lugar”, comentó.
El delincuente, acepta el funcionario, “por lo regular sabe de leyes, y sabe defenderse. Y más hablando de delincuencia organizada. Es su modo de vida. Sabe bien la penalidad, y conoce las lagunas de la ley”.
Cabe señalar que uno de los más ostentosos huecos en ese aspecto, se refiere a que el código sólo castiga la impresión y el uso, no la compra y venta.
“El código penal para el Distrito Federal, en su artículo 239 dice: Uso o falsificación o alteración de un documento original para ser utilizado. La compra venta de los documentos, como sí, no es un delito, el delito es la falsificación, o el uso”, compartió Rodríguez García.
“Las instituciones, como escuelas denunciaron haber recibido certificados de secundaria y para entrar a universidades. El alumno presenta esa documentación falsa. Al recibirla, de inmediato se da aviso a la PGR, porque también puede ser un delito federal, pues son documentos oficiales, pero a su vez la PGR nos declina la incompetencia por ese tipo de delitos.
“Tal situación sucede porque la Procuraduría ya agotó la búsqueda del presunto responsable del delito, que es el que presenta el documento apócrifo. La institución hace la denuncia, presenta el documento, nos lo pone a disposición, nosotros fedatamos, damos intervención a nuestro perito de documentoscopía. El perito nos dice si el documento es falso o verdadero. Para esto se hace previo cotejo con un original. Le llaman documento dubitado o indubitado, o documento de cotejo”.


“Santo Domingo es nuestra Plaza Navona en Roma”

Ángeles González Gamio cree que la impresión de papeles falsos en la Plaza de Santo Domingo, pese a los esfuerzos de la autoridad, continuará. “Va a ser imposible evitarlo completamente, porque nunca van a faltar malandrines que hagan ese tipo de cosas”.
Por su parte José Luís Rodríguez García advierte que “la Plaza de Santo Domingo se hizo famosa por ese tipo de delito. Ya hasta se hace la broma: ¿de dónde es tu título, de la Universidad de Santo Domingo?”
Aunque reconoce que el problema existe, también hace hincapié en que “continúan los operativos encubiertos, vigilancia del perímetro, lo cual también ha provocado que quienes se dedican a esta actividad, ya no lo hagan a la vista del público”. Sin embargo, durante el transcurso de esta investigación, se comprobó que basta buscar y tener el dinero suficiente para encontrar, en plena vía pública y a plena luz del día, tal opción.
Así también considera que esas acciones realizadas en conjunto por la Secretaría de Seguridad Pública, la Procuraduría General de la República, la propia Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, han logrado que los delincuentes cambien de giro o se muevan a otras partes. “Por eso creo también que la delincuencia se va moviendo a otros lugares, no dudo que haya en otros sitios (de la ciudad), pero no tenemos detectado otro lugar donde se hagan documentos apócrifos.
“Sí, debe de haber crecido la falsificación de otro tipo de documentos: identificaciones para pedir créditos, tarjetas, cheques falsos. Para la delincuencia ya no es negocio estar invirtiendo en tecnología, para que les pagues un certificado de preparatoria por una cantidad baja, a que les paguen por hacer un cheque”.
González Gamio está a favor de que las autoridades presten más atención a Santo Domingo, pues en esa plaza “se conservan casi todos los edificios originales, sino es que todos, eso le da una belleza y majestuosidad única; tiene edificios de los años cuarenta, coloniales que no tienen valor: La Antigua Aduana, el Antiguo Palacio de la Inquisición, que después fue la Escuela de Medicina, La Iglesia de Santo Domingo —y que le confiere el nombre a la plaza—, que fue de las primeras que hubo, la Casa del que fue el primer cirujano de la Ciudad, la Casa donde se dice que vivió la Malinche, con su esposo Juan Jaramillo, y dicen que ahí la mataron a puñaladas; es como ver la Plaza Navona en Roma, de esa belleza”.
Por este sitio, entre otros muchos, añade, fue que la UNESCO designó al Centro Histórico de la Ciudad de México como Patrimonio Histórico de la Humanidad en 1987.

Antes de salir de esa vecindad, que bien podría pasar por trampa para ratones, enciendo un cigarrillo, y advierto que se han juntado al menos 10 sujetos en la entrada que me miran como si les debiera algo. La pareja de adultos mayores que me recibió, y con la que negocié, ha desaparecido ante mi negativa de comprar. Afuera, la vida sigue su marcha incontenible, los vehículos que transitan por la calle de Cuba, despiden su aliento quemado; los policías parecen haber terminado de satisfacer su glotonería, y ahora platican sonrientes a unos metros de la entrada. El cielo luce apenas unas cuantas nubes. Los aromas de cloaca, pican la nariz. Un perro pasa a mi lado, con una rata en el hocico.
Al fondo se yergue el Templo de Santo Domingo, la explanada me recibe con su eterna fuente donde reposa la estatua de Josefa Ortiz de Domínguez; la misma donde recuerda Fabienne Bradu, en su libro Antonieta (FCE, 1991): “Vasconcelos se alejaba a pie por las calles vecinas a la plaza de Santo Domingo cuando esta anciana de cabeza cubierta por un rebozo bíblico, se echó a sus pies, le abrazó las rodillas, repitiendo el gesto de Tetis en su saludo a los dioses. ‘Una sola palabra llenó su boca, humedeció sus ojos: Padre’”.
Hacia allá dirijo mis pasos, mientras acaricio una pluma y un papel que hasta ese momento me doy cuenta guardo arrugado hasta casi romperse entre mis dedos, dentro de mi bolsillo…


Este texto fue publicado en la revista Playboy (México) 59, que circula en junio de 2013
Fotos tomadas de http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/16443821/Nueva-Espana-La-Inquisicion-en-Mexico.html
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