lunes, 9 de julio de 2012

En un cine...


Siempre lo he dicho, la obscuridad al igual que la masificación de una muchedumbre o la soledad de un lugar lejano o incluso donde nadie lo conoce a uno ofrece una dosis de anonimato que el individuo goza de una forma especial.

Y es que la negrura del cine le permite a uno convertirse en “otro” o bien dejar salir esa parte suya que a la luz del día o a la mirada del ojo acusador no se atrevería a ventilar. La experiencia de ir al cine es un acontecimiento que cada quien vive de manera distinta: mientras que para unos puede ser un lugar para divertirse, así nomás, para otros es un sitio catártico.

Expliquémonos: Tres chavitos calladitos, tímidos, miran de reojo y cierto recelo a las niñas que enfundadas en uniformes escolares pasan frente a ellos; una incluso voltea al sentir las insistentes miradas, algo susurra a sus compañeras que de inmediato voltean y ahuyentan los ojos esquivos de los escolapios.

Sin embargo, ya adentro, ellos se sientan en la antepenúltima fila y empieza la fiesta. Su Fiesta: arrojan palomitas y responden con mentadas de madre los constantes shhh, shhh, shhh que los vecinos de butacas les lanzan.

Otro muchacho, éste sí mayor pero no como para votar ni ser votado aún, continúa con el desorden; suelta un eructo estruendoso y otro, y otro más, su gracejada provoca una ola de risotadas que van de los últimos asientos al extremo opuesto de su misma fila y de regreso.

Varias son las parejas, casi todas dispersas, de noviecitos que por supuesto buscan lugares apartados del recinto para tomarse las manos, prodigarse arrumacos y manoseos furtivos. Son tres o cuatro cuyas edades no rebasan la veintena.

Otras tantas, juntas y revueltas de señores y señoras de respetables cabellos, siguen en lo suyo; todos niegan con la cabeza la actitud de los chamaquitos y piden silencio. Gritos y varios buuu, confirman la complicidad espontánea entre todos éstos que retan a los maduros.

Los cachondones han prestado poca atención a la historia y sustos de la cinta, la cual va más de la mitad, pues están más entretenidos con sus respectivos fajoneos. Acercamientos rabiosos que se aplacan de vez en cuando, cuando refrescan boca y garganta con sorbos de su vaso refresquero, pero que continúan cuando comparten besos palomeros.

La sala de cine podría ser vista como una cancha de futbol: hay estrategia, técnica, empujones, silbidos, apretujones: ¡Estamos en vivo en el palco de transmisiones! Desde esta parte se aprecia todo: los movimientos de los jugadores que van y regresan, que luchan por dominarse el uno al otro, toman o ceden terreno, hacen dribles, triangulan, faulean. ¡Mano! ¡Esa es una mano en el área chica! ¡Eso merece la tarjeta amarilla! Y en la cancha un tiro al centro, rasante... es, es, ¡es goool, goool...!

La porra está feliz y los apoya, les gritan guarreces, lanzan sus proyectiles maiceros, entonan cánticos eructivos; festejan que aquí nadie les puede ver el rostro, la obscuridad los desvanece al tiempo que los masifica y por ello se dan valor, por eso retan a las autoridades que desde su pedestal de honorabilidad sólo atinan a mover sus cabezas albinas y a no hacerles caso.

La sala/cancha se vacía rápido, los últimos en salir son los señores; tratan evitar, pero no lo logran, el encuentro con los insolentes escuincles; eso no se da porque aquellos y aquellas se han ido volando, con alharaca de gallinero. Afuera una pregunta entre los chavos: ¿Te gustó la película? Mmm, mmm, sip, estuvo rica.

MIGUEL G. GALICIA
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